Ana Negro: Extraña Esperanza
La imagen no es en Ana Negro sino una sombra pasajera. Sensible al parentesco estrecho que religa su interrogación fundamental a la reflexión sobre la pintura, la artista es fascinada por las artes plásticas pero también por la espiritualidad y la literatura. Para ella la imagen más fuerte, es la imagen del ser, la extinción de toda otra visibilidad y en la supresión y la destrucción del mundo.
Ana Negro evita pues la imagen solar: las suyas son “leteanas". Y toda teoría sobre la pintura le resulta sospechosa. No hay prohibiciones sino más bien la lógica que una situación dicta en su esencia: aquella de la desaparición del mundo. La obra linda con esta "desaparición". Su negación no expresa nada más negativo sino simplemente desprende lo expresable puro.
Ana Negro deja oír la voz del fondo del ser, el yo disuelto, el Yo resquebrajado, la identidad perdida. Es una pintura casi imposible. El objetivo es eliminar lo que es parásito para dejar advenir lo desnudo. Un desnudo que no tiene nada de erótico o de impúdico. Es la desnudez esencial aquella del “además ver".
Las telas son otra cosa que la posesión carnicera de las apariencias.
La artista abre un camino: el de la renuncia, del gran cansancio. Pero permanece una lucha de aquellos que han sido desaparecidos y fulminados. La artista no busca el realismo, la sexualización, la cosa vista. Muestra otra manera de ver el mundo, su tenue esperanza de apertura para estos seres que se asemejan pero buscan también la alteridad.
Parapetándose contra la invasión de una esperanza juzgada ilegítima, queda como "objeto" de la pintura los estados de alma, las pesadillas desveladas cuya transcripción puede ser dada sólo con medios plásticos. Los que estremecen la mirada.
Despobladora del mundo la artista muestra un espacio donde los cuerpos se envuelven unos en otros. La artista no se deja llevar por este arte contemporáneo donde todo es sólo una crisis de la figuración humana. Pero es necesario que el "decorado" salga de la pintura para que se confronte de manera total con los seres que intentan estar vivos hasta el final a pesar de sus dudas.
Sus siluetas, sus rostros nos miran con todo su dolor mudo. No se trata sin embargo de estos descendimientos de la cruz caros a la pintura religiosa. Aquí el ser está abandonado a su soledad irrevocable contra la cual intenta luchar. La obra no se abre pues sobre un vacío ilimitado. Ana Negro lo cierne, excavando el mundo. Quiere retener sólo un enunciado pictórico allí donde el mundo está disuelto.
No se trata, pues, de la forma más consumada del caos.
Lo visible permanece aún un ejercicio de exacerbación de las formas humanas. Con la esperanza de que el amor sería todavía posible en este lugar sin lugar, esta ausencia. A su manera Ana Negro crea tiempo. Su pintura es la búsqueda suprema de ello, más allá de la de los relojes.
Historia extraña pues. Historia de amor en la carne pero para otra dimensión. Algunos miran el suelo, otros alzan la cabeza: sometidos insumisos aún buscan la vida. Están paralizados, detenidos pero preparados para moverse.
Surge una alucinación extraña por efecto de literalidad. Esta literalidad permite tocar un espacio situado entre exaltación y destrucción de cuerpos tendidos hacia la tumba pero también fuera de ella, eternamente, perpetuamente.
La expresión sobre esos rostros parece un acto imposible tanto los personajes se sitúan en el extremo de una lógica de vida y de muerte más allá y al lado de toda la pintura de tradición occidental. El último punto buscado por Ana Negro permanece la figuración delo infigurable. Un "algo", una presencia resistente que es la obra misma, digna de ofrecer una luz en el umbral de la nada.
Ana Negro desaprende a ver para que lo invisible aparezca. Al mismo tiempo extrae lo visible cuando lo visible se arranca a los seres pero con el fin de alcanzar un lugar donde se vea algo todavía.
Una tal pintura hace el vacío. Pero un vacío que ilumina el espíritu allí dónde a las formas les resulta difícil elevarse. Pero dónde ellas avanzan a pesar de todo. Prueba que una "verdadera" pintura no es una imagen en el seno de dispositivos figurativos que rechazan ciertas presencias de ahora en más intempestivas, para concederle al espectador su única y digna semejanza con lo poco que existe en el teatro - en lo sucesivo desierto - del mundo.
J.P Gavard-Perret
Doctor en literatura, enseña comunicación en la Universidad de Savoie (Chambéry).
Miembro del Centro de Investigación Imaginaria y Creativa, es especialista en Twentieth Century Image y el trabajo de Samuel Beckett. 2013.
Ana Negro evita pues la imagen solar: las suyas son “leteanas". Y toda teoría sobre la pintura le resulta sospechosa. No hay prohibiciones sino más bien la lógica que una situación dicta en su esencia: aquella de la desaparición del mundo. La obra linda con esta "desaparición". Su negación no expresa nada más negativo sino simplemente desprende lo expresable puro.
Ana Negro deja oír la voz del fondo del ser, el yo disuelto, el Yo resquebrajado, la identidad perdida. Es una pintura casi imposible. El objetivo es eliminar lo que es parásito para dejar advenir lo desnudo. Un desnudo que no tiene nada de erótico o de impúdico. Es la desnudez esencial aquella del “además ver".
Las telas son otra cosa que la posesión carnicera de las apariencias.
La artista abre un camino: el de la renuncia, del gran cansancio. Pero permanece una lucha de aquellos que han sido desaparecidos y fulminados. La artista no busca el realismo, la sexualización, la cosa vista. Muestra otra manera de ver el mundo, su tenue esperanza de apertura para estos seres que se asemejan pero buscan también la alteridad.
Parapetándose contra la invasión de una esperanza juzgada ilegítima, queda como "objeto" de la pintura los estados de alma, las pesadillas desveladas cuya transcripción puede ser dada sólo con medios plásticos. Los que estremecen la mirada.
Despobladora del mundo la artista muestra un espacio donde los cuerpos se envuelven unos en otros. La artista no se deja llevar por este arte contemporáneo donde todo es sólo una crisis de la figuración humana. Pero es necesario que el "decorado" salga de la pintura para que se confronte de manera total con los seres que intentan estar vivos hasta el final a pesar de sus dudas.
Sus siluetas, sus rostros nos miran con todo su dolor mudo. No se trata sin embargo de estos descendimientos de la cruz caros a la pintura religiosa. Aquí el ser está abandonado a su soledad irrevocable contra la cual intenta luchar. La obra no se abre pues sobre un vacío ilimitado. Ana Negro lo cierne, excavando el mundo. Quiere retener sólo un enunciado pictórico allí donde el mundo está disuelto.
No se trata, pues, de la forma más consumada del caos.
Lo visible permanece aún un ejercicio de exacerbación de las formas humanas. Con la esperanza de que el amor sería todavía posible en este lugar sin lugar, esta ausencia. A su manera Ana Negro crea tiempo. Su pintura es la búsqueda suprema de ello, más allá de la de los relojes.
Historia extraña pues. Historia de amor en la carne pero para otra dimensión. Algunos miran el suelo, otros alzan la cabeza: sometidos insumisos aún buscan la vida. Están paralizados, detenidos pero preparados para moverse.
Surge una alucinación extraña por efecto de literalidad. Esta literalidad permite tocar un espacio situado entre exaltación y destrucción de cuerpos tendidos hacia la tumba pero también fuera de ella, eternamente, perpetuamente.
La expresión sobre esos rostros parece un acto imposible tanto los personajes se sitúan en el extremo de una lógica de vida y de muerte más allá y al lado de toda la pintura de tradición occidental. El último punto buscado por Ana Negro permanece la figuración delo infigurable. Un "algo", una presencia resistente que es la obra misma, digna de ofrecer una luz en el umbral de la nada.
Ana Negro desaprende a ver para que lo invisible aparezca. Al mismo tiempo extrae lo visible cuando lo visible se arranca a los seres pero con el fin de alcanzar un lugar donde se vea algo todavía.
Una tal pintura hace el vacío. Pero un vacío que ilumina el espíritu allí dónde a las formas les resulta difícil elevarse. Pero dónde ellas avanzan a pesar de todo. Prueba que una "verdadera" pintura no es una imagen en el seno de dispositivos figurativos que rechazan ciertas presencias de ahora en más intempestivas, para concederle al espectador su única y digna semejanza con lo poco que existe en el teatro - en lo sucesivo desierto - del mundo.
J.P Gavard-Perret
Doctor en literatura, enseña comunicación en la Universidad de Savoie (Chambéry).
Miembro del Centro de Investigación Imaginaria y Creativa, es especialista en Twentieth Century Image y el trabajo de Samuel Beckett. 2013.
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