SINE MATERIA: OPACIDAD DEL SER
Siglos de historia de la representación, y la pregunta que surge y resurge es: cómo hacer aparecer a ese hombre que ya es otro. Parafraseando a Theodor Adorno, la pregunta es, si la representación del cuerpo es posible después de Auschwitz, como comenta la artista. Aunque Auschwitz y Adorno, claro, son solo puntos de referencia de lo esperpéntico: el mundo.
Por Constanza Bellet. Licenciada en Literatura (Chile)
Cuerpos o fragmentos del cuerpo o formas del cuerpo prolongadas, anexadas o perdidas en otros cuerpos son los objetos estéticos –y éticos– de Ana Negro. De hecho, su obra consiste de modo exclusivo en dibujos y pinturas de tal obstinación. La artista argentina insiste, una y otra vez, en dar lugar a las formas y articulaciones de la especie humana y, en cuanto estructuras espaciales, derivarlas en arquitecturas per se. Ello lo hace con una propuesta sólida, de identidad inconfundible. Negro trabaja con figuraciones de cuerpos desnudos. Eso resulta, entre otras cuestiones, en un desvalijamiento: substrae al ser de cualquier alusión salvo la de sí mismo. Y, con todo, tal alusión se cumple solo en cierta medida, dado que permanece en algún grado y continuamente desplazada.
Es decir, el hombre es y no es el hombre, es esa otredad inenarrable, sin precedentes, inaprensible. Es exterior a sí, indecible. Sea como sea, en esos cuerpos está extraído lo anecdótico, lo accesorio.
Son personajes sin maquillajes, sin vestiduras, sin menciones. De ese modo somos remitidos al interior del ser, a lo metafísico, más que a su carnalidad. Es una operación entre líneas por medio de la cual accedemos a su universalidad.
Aun así, los cuerpos agrupados, acumulados, expresan, pese a aquella transversalidad y a su aglomeración, esa ausencia obligada que contienen. El académico francés, Jean-Paul Gavard-Perret, se refiere a esa dualidad: “Todo está en contacto, pero de manera solitaria. Existe el acercamiento de un contacto sensorial, aunque también una separación. Ello permite el florecimiento de un fenómeno de polinización espiritual”. En un rito, mancomunados, adyacentes, yuxtapuestos y, sin embargo, escindidos, incomunicados, encerrados en sí mismos.
En aquella polinización, está, a la par, el asecho de la muerte. Trabajar con el cuerpo es, necesariamente, ocuparse de las cenizas, del óbito. Y, en efecto, los personajes de Negro parecieran a veces estar en un cortejo fúnebre. En tránsito a lanzarse al abismo; horror vacui. No obstante, no se trata –al menos no precisa y exclusivamente– solo de la condición humana, de la vaporosidad definitiva de la existencia. Apunta, todavía, a traslucir en imagen una evidencia: el hombre es el lobo del hombre, y de ello devienen cuerpos coaccionados, contorsionados por ese padecimiento indecible, de ojos ausentes, sustraídos.
Es un espectáculo sufriente, y su opacidad es irrevocable.
Hay historia velada en ello. Sus cuerpos, a ratos, parecen víctimas del Zyklon B; hay algo de despojo en ellos que los hace ver en el marco de una cámara de gas. Al respecto, ante la pregunta por el Tercer Reich, Negro responde: “Tal vez, en el caso de la Shoa, el giro que transforma los campos de trabajo del stalinismo en campos de exterminio e industrialización de la muerte del nazismo marca un pasaje inédito (quien sabe si totalmente inédito, pues en el exterminio armenio ya hay pródromos de hornos crematorios y solución final), que nos pone como humanos más allá de los límites. Lo que torna absolutamente fuera de medida esto es el proceso de transformación de un humano en un no-humano antes de ser cadáver. Es la cuestión del pasaje la que interroga sobre los límites, aquello que media entre el ser y el cuerpo no solo despojado de vida, sino re-utilizado (cabellos, piel, grasa etc.) como elemento ‘industrial’”.
Eso es, precisamente, lo indecible, lo irrepresentable, esa otredad inenarrable de la que hablábamos. Ese nuevo estatuto del ser, en términos de Gavard-Perret, que se presenta en las obras de Ana Negro. Se deja a la vista lo que no se ve y, en todo caso, continúa sin verse realmente. Esos cuerpos son impenetrables. El espectador los observa con inquietud, ellos despiertan esa turbación, ese desasosiego. De todas formas, eso es nada más que una parte de la obra. La otra es la belleza de esos cuerpos. Sus proporciones, la armonía del espacio, de las formas, las curvas, lo atractivo de la naturaleza más cierta del hombre, el encanto de esos cuerpos y lo etéreo de sus claroscuros.
Hay un truco que nos hace fijar la mirada en dos flancos, y en esa con jugación de todos los elementos, ya ocasionada la mixtura de los (en apariencia) opuestos, aparece la particularidad de la obra, su ilusión, sus chispazos, su luminiscencia.
Este efecto se produce, en términos técnicos, y aunque no enteramente, a su práctica artística, por medio de los aspectos formales, del soporte: la tela muestra su trama, por lo que el contenido, lo que hay de contenido, de materia, queda de todos modos como partículas en suspensión, sin peso, cuerpos sin masa, sin sustancia, cuerpos sin cuerpo, inquietantemente ligeros, solo sombras de las sombras.
Negro trabaja los cuerpos con colores translúcidos y, capa sobre capa, minuciosamente, va dando consistencia a las figuras. La ecuación formal es transparencia + transparencia = opacidad, dice la artista. El color, de hecho, es secundario en la obra de la artista, subsidiario de la forma. Más que otra cosa, las obras de Ana Negro son eso: formas, volúmenes y juegos de luces apagadas. Así, los cuerpos adquieren una suerte de insustancialidad, de volatilidad, y se escabullen, entran al terreno de lo velado, de lo que no es posible nombrar por completo.
Por el anverso, los fondos monocromos, el telón de fondo de los cuerpos, pintados con acrílicos de más materia, refuerzan la intensidad del vacío, hacen relucir lo desértico de la zona de la existencia que habitan los cuerpos de los lienzos. Ellos no tienen escenario en el tiempo, están en otra dimensión. Es una dimensión indeterminada, en ello radica, en efecto, la imprecisión del sentido, la no contención de los cuerpos. El cuadro es una especie de agujero negro.
En definitiva, hablamos de una proposición actual que reflexiona y se interroga acerca de la condición de posibilidad de la representación del hombre.
Ello conduce al espectador, también, a preguntarse: ¿será posible dar lugar, testimoniar, dar corporeidad a quienes han sido convertidos en despojos humanos? ¿Será alguna vez posible representar algo?
AAL
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